QUINTO DOMINGO DE ADVIENTO
La preparación del arrepentimiento constante para la venida del Mesías.
Marcos 1:1-8.
Y predicaba, diciendo: Viene tras mí el que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar encorvado la correa de su calzado. Yo a la verdad os he bautizado con agua; pero él os bautizará con Espíritu Santo.
En el día de hoy recordamos
el relato de la predicación del Bautista en el evangelio de Marcos. El
evangelio de Marcos es considerado como el más antiguo de todos los evangelios.
Es visto como fuente de inspiración para los evangelios de Lucas y Mateo. Se
trata de un evangelio donde los dichos de Jesús son escasos en comparación con sus
hechos. De género de acción, el Señor aparece obrando, moviéndose
constantemente y divulgando la Palabra de Dios.
No había nada de imprevisto
y de tramado repentinamente en la venida de Jesús al mundo, si leemos con
atención el Antiguo Testamento. Las Escrituras nos dan testimonio de Cristo. En
el Génesis encontramos la predicación de que la simiente de la mujer herirá la
cabeza de la serpiente. La promesa de que algún día vendría un libertador y
Redentor fue transmitida a todos los profetas y a los patriarcas.
Dios se le revela al profeta
Malaquías señalando que llegado el momento enviaría a su mensajero, el cual
preparará el camino delante de Dios. Juan el Bautista lo sabía. Él no era el
profeta y el Hijo de Dios predicho. Estaba anunciando su venida. Anunciaba la
venida del mismo Dios. Juan con todo su carisma y toda su persuasión se
encontraba llamando a la nación pecadora a la arrepentimiento antes de que
fuera tarde.
Posiblemente en alguna
ocasión hayas sentido cierto peso o tristeza por tus pecados. Quizá hayas oído
alguna predicación que haya tocado tu alma o quizá algún evento en tu vida te
haya puesto entre la espada y la pared, espiritualmente hablando. Es posible
que te hayas dado cuenta de que tus obras están manchadas por el pecado, que si
no es un pecado es otro, y que nada puedes hacer por ti mismo.
Juan el Bautista predicaba
tales palabras a las naciones que acudían en masa a escuchar sus sermones a la
orilla del Jordán. Si ha habido alguien que tuviera un ministerio popular
durante cierto tiempo ese fue Juan el Bautista. Estas personas sintieron que
eran pecadores y el peso de sus pecados les aprisionaba sus conciencias. Gemían
de dolor y se comprometían con una nueva vida.
A ti de certeza te ha
pasado. Y ahora yo te pregunto, ¿a dónde te ha llevado tu arrepentimiento?
Estoy convencido de que una buena parte de las personas que en los días dejó el
Bautista confesaban sus pecados y se arrepentían con muestras de mudanza
exterior, murieron en sus pecados. Estoy seguro de que una buena parte de esas
personas insultaron y blasfemaron contra Jesús cuando lo prendieron en la
Pascua. Por ello es tan importante saber a dónde nos lleva nuestro
arrepentimiento. No basta con acudir a la iglesia y escuchar las predicaciones.
No basta con arrepentirse momentáneamente de tus pecados. Imprescindible es que
notes que por ti mismo nada eres. Es necesario que la Palabra de Dios te
convenza plenamente de que Cristo se encarnó por ti, de que el Hijo murió en la
cruz por ti y de que Jesús resucitó de entre los muertos por ti. Es necesario
que veas que tus pecados han sido limpiados y que nada temes si pones tu fe en
Cristo. Es necesario, en definitiva, que seas bautizado en Espíritu Santo en un
fuego que marque definitivamente tu corazón y en la verdad del Evangelio. Es
imprescindible que hayas nacido de nuevo, ahogando al viejo hombre.
Prepara tu alma y tu cuerpo
para recibir a Jesús en esta Navidad mas no lo recibas un día feliz y
confiando, sabiendo que tus pecados son perdonados y al día siguiente te
olvides de él. Prepárate para recibirlo por siempre en tu corazón. Prepárate
para entregarle tu vida a él. Haz honor a tu bautismo y no dejes que el
Espíritu Santo se ha derrotado por tu pecado. El Señor viene arrepiéntete y
cree en el Evangelio.

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