2º DOMINGO DE CUARESMA
Esperando nuestra resurrección.
Filipenses
3:17:21
Pero nuestra
ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor
Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que
sea semejante al cuerpo de la gloria suya.
En ciertos círculos
espirituales y religiosos, también cristianos, frecuentemente se piensa en la
inmortalidad del alma. El ir al cielo es el objetivo del cristiano. Ese cielo
imaginativo es visto como un lugar etéreo, sobre las nubes, donde las almas
puras volarán libradas del pesado y corrupto cuerpo. Y allí verán a Dios. Esta
concepción tiene a la materia, a la creación corporal y tangible, como mala por
su naturaleza. El cuerpo, la comida, los bosques, los animales, los astros…nada
de tal habrá en ese cielo al que pretende ascender su alma pura.
Es una concepción arraigada
en la historia de la filosofía y de ciertas religiones. Platón y los
neoplatónicos como Filón defendían esta tesis. Para ellos, el alma es un reflejo
del Logos, inmortal, increada, que, por causa de dejar de mirar al Logos,
descendieron al corrupto mundo y se encarnaron en los seres humanos. Para
ellos, el alma purificada, una vez muera el cuerpo físico malo y torcido,
volverá a ascender a los cielos, a contemplar al Logos, sin la pesada carga del
cuerpo. Algunos teólogos cristianos como Orígenes coquetearon con esta idea.
Una idea atractiva si vemos
la maldad, la enfermedad y las desgracias que el cuerpo físico puede producir.
Mas, ¿es ésta la realidad que las Escrituras nos enseñan acerca del cielo?
La Biblia nos enseña que el
Señor creará nuevos cielos y nueva tierra (Isaias 65:17). Allí donde el mar,
símbolo judío del caos, no existiría más (Ap 21:1), donde toda lágrima será
enjuagada y no habrá muerte nunca (Ap 21:4)
Allí se levantarán aquellos
que hicieron lo bueno, conforme a la voluntad de Dios (Juan 5:28-29) El toque
de la trompeta anunciará la resurrección de los muertos que fueron piadosos en
cuerpos incorruptibles (1 Cor 15) Ese cuerpo mortal, físico, dañado por el
pecado, se transformará en incorruptible e inmortal.
Vemos que, en los nuevos
cielos y la nueva tierra, hay cuerpos, glorificados, inmortales e
incorruptibles, libres de toda enfermedad y muerte.
El Señor hizo la creación
con su Palabra de vida y la hizo buena. El Señor formó al hombre bueno, a su
imagen y conforme a su semejanza, para reflejar su amor hacia todas sus
criaturas. Mas el primer Adán, seducido por Satanás, eligió desobedecer y
despreciando la inmortalidad alcanzada, quiso ser como Dios, de la única manera
que Dios había vedado. Desde ese momento, la enfermedad entró en ti y ya no
haces lo bueno que quieres, sino lo malo que aborreces. Por mucho que lo
detestes, el pecado y la muerte tienen poder sobre ti.
Mas Dios, que no quiere que
nadie se pierda, sino que todos alcancen esos nuevos cielos, envió a su Hijo
amado para hacerse hombre y para asumir en sus carnes el precio de tu pecado,
colgando del madero, asumióse como maldito por tu causa. Él que es inmaculado,
se ensució con tus máculas, para que no cargaras más con ellas. Tú que estás
cargado, descansa en Él. Jesús murió en una Cruz en Jerusalén, la ciudad que
asesina a sus profetas y apedrea a sus enviados (Lucas 13: 34).Él venció a la
muerte en su terreno. Él retiró el
aguijón de la muerte. Y lo hizo resucitando al tercer día, con su cuerpo
glorificado, poderoso, perfecto. Él lo hizo primero, como primiciade los que
durmieron (1 Corintios 15:20), el primogénito de entre los muertos, para que en
todas las cosas tenga la preeminencia (Col 1:18).
El cuerpo glorificado del
Hijo, sentado a la diestra del Padre, reinando, te abre el camino de su reino
celestial. Él resucitó primero para que tú resucitaras después. Él te entrega
la ciudadanía de su reino. Él transformará tu viejo cuerpo corrupto en un
cuerpo incorruptible, semejante a aquel que salió glorioso de la tumba vacía.
No solo tu alma, sino tu entero ser resucitará, como lo hizo Jesús al tercer
día.
Llegará el día en que Dios
hará descender el nuevo cielo a la nueva tierra para que ya no haya separación
entre Él y su pueblo.
En cuerpo y alma caminaremos
como hijos de luz (Ef 5:8) en la nueva tierra, unida a los nuevos cielos, junto
con Dios, como hacían Adán y Eva en el paraíso antes de su exilio. Cristo te
abre las puertas, de nuevo, del paraíso, cerradas hace milenio por la
desobediencia de los padres.
En esta Cuaresma, tiempo de
penitencia, prepara tu cuerpo y tu alma para recibir al Cristo resucitado. No
andes en tinieblas, sino sigue la senda de luz que el Señor marca. Ora
fervientemente, ayuna, haz obras de misericordiay sobre todo, arrepiéntete de
tus faltas, para hacer de tu cuerpo, el templo del Espíritu de Dios, donde nada
inmundo habita.
Cristo está viniendo. Cristo
está abriendo las puertas de los nuevos cielos. Prepárate a recibirlo. Como
ciudadano, eres bienvenido en su morada eterna.
Señor, Padre eterno
misericordioso, que levantaste a tu Hijo de entre los muertos para darle todo
dominio y toda potestad en tu creación, haz que, venciendo contra la tentación
del pecado, podamos perseverar en la fe, a fin de resucitar con Cristo en los
postreros términos y habitar los nuevos cielos de los que somos herederos.
Por Jesucristo, nuestro
Señor, que vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y gloria,
por los siglos de los siglos.

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